Valencia Jueves, 19 de julio de 2007
 

Cuatro toros de El Torero, uno, primero, de Román Sorando, y otro, quinto, corrido como sobrero, de Pereda. Conjunto de muy desigual, y pobre, presencia, poca fuerza y menos juego.

Enrique Ponce (de pastel y oro), silencio y oreja tras aviso.
Sebastián Castella (de azul pavo y oro), ovación con aviso y ovación.
José María Manzanares (de rojo y oro), silencio y oreja.

De las cuadrillas destacaron Tejero y Curro Molina.

Menos de tres cuartos de entrada.


Se esperaba más, bastante más, de lo que se había presupuestado como función estrella de la feria. Una corrida que comenzó ya con el paso cambiado al no registrar la plaza el lleno que se auguraba. Luego, la poca fuerza y menos juego dado por los muy desigualmente presentados -siempre, otra vez, tendiendo a la baja- toros de El Torero, Román Sorando y José Luis Pereda dio al traste con el espectáculo y sólo al final el nuevo Manzanares pudo reconciliar al público con una fiesta de la que renegó durante más de dos horas.
Fue con el toro que cerró plaza, un astado que salió renqueante y que tampoco presagiaba nada bueno. Pero en banderillas se fue arriba y el alicantino compuso una faena con empaque, fondo y muy bellas formas, basada en la mano diestra en la que dejó los mejores muletazos de la tarde y remató con un sensacional volapié. Antes, con su primero, blando y desentendido, no tuvo opción alguna.
Tampoco la tuvo Ponce con el zambombo que abrió plaza, llevándose una oreja del cuarto, un torillo anovillado y que sólo aparentó pitones, por un trasteo bastante intermitente y de mucha paciencia.
Castella, que repitió actuación al sustituir al lesionado Cid, derrochó disposición y ganas sin que su arrojo tuviese recompensa. Se pegó un arrimón que no merecía su primero y tuvo que hacer todo el gasto con el sobrero que hizo quinto, sin que su esfuerzo sirviese sino para que la gente respirase aliviada cuando terminó.

Paco Delgado


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