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Novillos de Cebada Gago bien presentados pero de juego desigual y sin terminar de romper.
Arturo Saldívar (de verde hoja y oro), silencio y oreja.
Thomas Joubert (de lila y oro), silencio y oreja con aviso.
Alfonso López Bayo, silencio con aviso.
De las cuadrillas destacaron Víctor Hugo, Pirri y Morenito de Arles.
Prácticamente lleno.
Pese a que en el cartel de la cuarta novillada del abono aparecían dos de los novilleros punteros del escalafón y con mejor trayectoria a lo largo de la presente temporada, la verdad es que tanto el mejicano Arturo Saldívar como el francés Thomas Joubert, antes Tomasito, defraudaron. Y lo hicieron abiertamente y sin paliativos. Aunque cada uno pasease una oreja, trofeos concedidos merced a la proverbial generosidad del público algemesinense que por lo hecho por los de coleta.
Un novillero, y más cuando se pretende figura de la categoría, debe estar mucho más dispuesto y entregado y demostrar que, al menos, se intenta dominar a los novillos.
Tampoco es que el encierro de Cebada Gago fuese el colmo de la excelencia, todo lo contrario, muy bien presentados, eso sí, pero ásperos, sin clase y sin que ninguno terminase de romper a embestir.
La primera de esas orejas regaladas fue para Saldívar, que no recordó al novillero vibrante, dispuesto y compuesto que se vio en Alicante o Valencia, por citar plazas de la Comunidad en las que ha toreado y gustado. Su primero entraba rebrincado y sin entrega alguna, haciéndose el tonto y logrando que su matador no se decidiese a meterse con él, solventando la papeleta de manera gris y sin relieve.
No tuvo tan mal estilo el cuarto, pero el azteca tiró los trastos y huyó despavorido en cuanto le apretó con el capote. El novillo humilló más en el último tercio y dejó a Saldivar estar más a gusto pero sin que su labor lograse tomar altura.
Thomas Joubert no se acopló para nada con su primero, que salió del caballo enterándose y desparramando la vista y no dejando que su matador se confiase en ningún momento, mientras que con el sexto, otro astado de embestida un tanto descompuesta al que no intentó nunca someter ni bajar la mano, tuvo un momento de lucidez al natural pero en vez de perseverar por ahí se dedicó a torear de cara a la galería.
Completaba la terna el rejoneador Alfonso López Bayo, que exhibió una cuadra pintoresca y pinturera que ni le obedeció ni quiso saber nada del novillo que tenían enfrente.
Paco Delgado
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| Foto: Juan Antonio García |
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