Valencia Jueves, 18 de marzo de 2010
 

Toros de Juan Pedro Domecq, justos de presentación, sin fuerza y nobles y manejables.

Julio Aparicio (de fucsia y azabache), silencio y silencio.
Morante de la Puebla (de azul rey y oro), ovación y pitos.
Cayetano (de azul noche y oro), silencio con aviso y silencio.

Saludó tras parear al primero Rafael Otero.

Casi lleno.


Tampoco la esperada corrida de los artistas dio para mucho. Habría que decir que no dio para casi nada. Algo que da que pensar si se tiene en cuenta que se lidió un encierro de Juan Pedro Domecq que no asustaba a nadie, justo de fuerza, además, y aunque le faltó mucho motor en conjunto se dejó hacer más de lo que se les hizo.

Hubo toros, segundo y tercero, por ejemplo, que parecía que se toreaban solos. Pero ni así, Y aunque les faltó la emoción mínima para que su lidia prendiese en el tendido, con todo, los de coleta, se la cogieron con papel de fumar y decidieron que con unas gotitas de esencia era más que suficiente para cumplir el expediente y pasar por caja. El arte es caro y se paga. No hay que despilfarrar. Y a ello se aplicó este nuevo Julio Aparicio que dejó apenas detalles sin meterse en más honduras.

Morante, que dejó una -una- verónica de cartel se limitó a unos cuantos muletazos a cámara lenta con su buen primero y no quiso saber nada del manso quinto, mientras que un desangelado y despistado Cayetano en ningún momento se centró con sus toros.

Paco Delgado


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