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Toros de Niño de la Capea -primero, cuarto y quinto con el hierro de Carmen Lorenzo; tercero de San Pelayo y sexto de San Mateo- y un sobrero, segundo, de Yerbabuena. Conjunto de muy desigual presentación y juego. Faltos de fuerza en conjunto, siendo los
Jesulín de Ubrique (de azul pavo oy oro), silencio con aviso y ovación tras otro aviso.
El Cordobés (de celeste y oro), silencio en su lote.
El Fandi (de verdegay y oro), oreja con aviso y oreja con otro aviso.
Tres cuartos de entrada.
El Fandi se convirtió en el primer gran triunfador -al menos por número de trofeos y entusiasmo popular- de la feria de fallas en un festejo en el que, por ejemplo, se devolvió a los corrales un toro por manso, se concedieron orejas tras estocadas defectuosas y la gente se volvió loca con pares de banderillas a toro pasado.
Con un ganado -una mezcolanza de toros de Niño de la Capea -primero, cuarto y quinto con el hierro de Carmen Lorenzo; tercero de San Pelayo y sexto de San Mateo- con un sobrero, segundo, de Yerbabuena- al límite de sus fuerzas, el torero granadino se llevó el lote más potable y tras gustar con el capote y entusiasmar con las banderillas, compuso dos faenas de similar estructura y contenido: un comienzo vibrante y algo atropellado, una parte central más templada y asentada y un tramo final en el que dio otra vez mucha fiesta, llevándose dos orejas muy fáciles y que, como las fallas, sólo quedarán cenizas tras su exhibición.
Manuel Díaz “El Cordobés”, en cambio, pechó con dos toros imposibles. El sobrero que hizo segundo no tuvo ni fuerza ni entrega y sólo pudo intentar robar algún muletazo mientras que el quinto, manso y parado, ni siquiera le dejó poner en práctica su peculiar tremendismo.
Como una semana antes en Castellón, Jesulín de Ubrique estuvo tan frío como inseguro. Con su primero, que embistió con nobleza, anduvo muy precavido, sin acoplarase para nada por el pitón derecho y estando algo más a gusto al natural en un trasteo muy largo que nunca cogió altura. Con el inválido cuarto se empeñó en otra faena interminable, intentando que el toro no se fuese al suelo a cada muletazo y dejando una faena muy deslavazada y que no dijo nada. Más que un torero reaparecido parecía un torero que se va.
Paco Delgado
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