Castellón Jueves, 11 de marzo de 2010
 

Toros de Jandilla, bien presentados y de buen juego excepto segundo y tercero.

Julio Aparicio (de grana y oro), oreja y oreja.
José Tomás (de vainilla y oro), silencio y dos orejas.
Abel Valls (de nazareno y oro), silencio y ovación con aviso.

Lleno.


Hubo que esperar a la segunda parte de la corrida del día 11 para que la expectación que había despertado -el boletaje se había agotado muchos días antes y la reventa hizo de nuevo su agosto en marzo- se confirmase.

Hasta ese momento tan sólo Julio Aparicio, con nueva imagen -abundante cabellera repartida por todo el cráneo- y mucha aparente disposición, había logrado interesar, dejando a su primero una faena de más continente que contenido, de más galanura que enjundia y con sólo algún muletazo aislado de buen trazo. El manso segundo, huido y totalmente negado a la pelea, no permitió que José Tomás hiciese otra cosa que perseguirle en vano y el paradísimo tercero estrelló la voluntad de Abel Valls.
El cuarto volvió a tener motor y nobleza y posibilitó que Aparicio abriese la puerta grande tras otro trasteo de detalles más que macizo y dejando mucho que el astado fuese a su aire, sin mando ni sometimiento.

Y, por fin, salió el quinto, con el que ya José Tomás se hizo ovacionar con fuerza al veroniquear rodilla en tierra. Ahora sí respondió el de Jandilla y el matador, impávido, majestuosos, grave y magistral, explicó qué es torear. Citando siempre de frente, adelantando la muleta y, llevando embebido al toro en la tela, alargando el muletazo hacia atrás, muy atrás, y hacia adentro, sin aliviarse ni cantearse, con las plantas clavadas al suelo y sin rectificar, montando series de cuatro, cinco, seis naturales -toda la faena estuvo basada principalmente en el pitón izquierdo- limpios, tersos y espléndidos, dando forma a una faena con empaque, plástica, enorme dominio y una belleza impresionante.
Un cambio de mano impecable y un pase por bajo de cartel cerraron un quehacer que queda en los anales de la plaza.

También el toro que cerró plaza, noble y repetidor, tuvo muchas posibilidades pero las ganas de Valls le llevaron a precipitarse y, muy acelerado y puede que nervioso, no acertó a sacar partido de un astado que sí lo tuvo. Para colmo mató mal.

Paco Delgado


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