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Toros de Manolo González, bien presentados y manejables en conjunto.
Jesulín de Ubrique (de blanco y oro), silencio en su lote.
Manuel Díaz “El Cordobés” (de verde parra y oro), silencio tras aviso y oreja.
Matías Tejela (de azul noche y oro), silencio en los dos.
Alrededor de media entrada.
Los buenos deseos y buen hacer de la empresa se estrellaron, nada más comenzar la feria, con los imponderables, y la primera corrida del abono, en principio una de las más atractivas de cara a la taquilla, se vio afectada por los efectos del General Invierno, que a primeros de marzo sigue arrasando e imponiendo sus caprichos.
No fue, pues, de extrañar que la plaza registrase apenas media entrada dado lo desapacible de una tarde fría y lluviosa.
Quizá el ambiente influyó en Jesulín de Ubrique, que reaparecía tras una temporada de descanso y al que se vio bastante más apagado de lo que en él era habitual. Con su primero lució su proverbial temple para afianzar a un astado no sobrado de energía en un trasteo, siempre sobre el tercio, breve -tres series con la diestra y una al natural- y en el que sólo la gran estocada con que puso el punto final provocó hasta una petición de oreja que se trocó en silencio al ser arrastrado el astado.
Tampoco se fue mucho más allá de las rayas con el cuarto, con el que firmó otra faena de corte derechista, despegada y carente de chispa.
Y eso que se lidió un encierro de Manolo González -marcado con el hierro de González Sánchez Dalp-, bien presentado, muy parejo, cómo de cabeza y justo de fuerza pero, en conjunto, manejable. Sólo el quinto, manso y al final rajado, tuvo más complicaciones.
Con este toro Manuel Díaz "El Cordobés" echó mano de su repertorio tremendista. Sus continuos flequillazos y guiños al público y el matar con eficacia tuvieron premio y, ya bajo la lluvia, paseó la primera oreja de la feria y única de esta función.
Antes se lució al torear de capa a su primero, con el que no acabó de acoplarse, permitiendo muchos enganchones en un trasteo un tanto embarullado y poco limpio.
Matías Tejela anduvo un tanto dubitativo con su primero, con el que le costó mucho centrase y confiarse, saliendo mucho más decidido con el que cerró plaza, dejando muletazos, sobre todo con la izquierda, largos, templados y de buen trazo, corriendo la mano con suavidad. Pero el empeñarse en alargar excesivamente su labor hizo que la gente, ya entumecida y empapada, no le echase cuentas a lo hecho por el torero de Alcalá.
Paco Delgado
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