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Cinco novillos de Guadaira muy bien presentados y de excelente juego salvo el tercero, de rejones.
Fernando Tendero: oreja y dos orejas
Cristian Escribano: oreja y oreja
Alfonso López Bayo: vuelta al ruedo
Saludó tras banderillear al último Marcos Ortizcadenas.
Mucho ruido, en este caso muchas orejas, demasiadas para lo que podríamos haber visto en el ruedo. Salieron cuatro novillos extraordinarios, bravos, fijos, con recorrido, entregados, nobles. Cuatro para hacer el toreo de verdad. Para emocionar sin remedio. Para llorar de alegría. En cambio, nos tuvimos que conformar con la pulcritud aséptica del toreo periférico y sin compromiso.
Poco aportaron quienes más torean del escalafón. No hay excusas para no salir de la plaza, no a hombros, sino habiendo dejado poso en el recuerdo de los aficionados. Sí, se fueron por la puerta grande, pero a estas horas sólo permanece en el recuerdo la novillada de Guadaira, un auténtico lujo por presentación y por juego. Animales que se emplearon embistiendo por abajo sin una mala mirada y de forma incansable.
Un público festivo de fin de feria solicitó trofeos a mansalva. Así, Fernando Tendero fue premiado con generosidad aún pasándose a sus novillos todo lo alejado que pudo de su anatomía. A su primero le dio muchos pases, y a su segundo le realizó una faena insulsa que acabó con desplantes y adornos de cara a la galería.
Tampoco estuvo especialmente clarividente Cristian Escribano, que se empeño en torear en terrenos de cercanías cuando los bravos pedían mayor distancia y más temple.
El rejoneador López Bayo se mostró muy predispuesto, pero se dejó alcanzar las cabalgaduras con reincidencia por un novillo que embestía a arreones.
CARLOS BUENO.
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