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Cinco novillos de Nazario Ibáñez, el tercero para rejones, justos de presentación y desrazados.
Javier Cortés: silencio tras aviso y oreja tras aviso
Adrián de Torres: dos orejas y silencio
Rafael Serrano: silencio
Rafael Serrano sustituía a Moura Caetano, que sufría una luxación de hombro.
Si uno no quiere dos no riñen. Me lo repetía mi padre una y otra vez cuando yo era pequeño para evitar que me pelease con nadie. Sabio consejo. Desconozco si mi padre estuvo instruyendo también a los novillos de Nazario Ibáñez. Lo cierto es que salieron a la plaza con esa lección bien aprendida. Abantos, distraídos, saliéndose de las suertes y “cantando la gallina”, que no es otra cosa que batirse en retirada hacia tablas en cuanto tenía la mínima ocasión.
Aún con este material Adrián de Torres consiguió cortar dos orejas al segundo de la tarde. Posiblemente el premio fue excesivo para la emoción que hubo sobre el albero, es cierto, pero también lo es que la sensación que dejó el de Linares fue inmejorable.
Adrián se mostró como torero de zapatillas clavadas en la arena y estática planta, de firmeza sin dudas, de muleta adelantada y pases de mano baja, y de ligazón abrochada. Muchas cualidades, y todas buenas, en un solo torero. Imagino que si su antagonista no se hubiese refugiado en tablas tan pronto estaríamos hablando de premio gordo de verdad. El que cerraba festejo fue un marmolillo negado para embestir.
Tampoco fue mejor el que abrió plaza, con el que Javier Cortés nada pudo lucir. Mejoró su actuación frente al segundo de su lote a pesar de que también se rajó pronto. La faena transcurría en un tono tan correcto como insulso hasta que el madrileño se decidió a atacar con autoridad. Fueron los momentos más vibrantes, aunque quizá demasiado tarde para alcanzar cotas más altas.
Poco acertado estuvo Rafael Serrano, que clavó muy desigual en una faena sin contenido.
CARLOS BUENO.
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