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Cinco novillos de Domingo Hernández, el tercero para rejones, bien presentados, mansos los dos primeros y manejables el resto.
Pablo Lechuga: ovación en ambos
Luis Miguel Casares: silencio tras aviso y silencio
Raúl Martín Burgos: oreja
Camuflado tras una revoltosa barba de más de una semana, y ubicado como un abonado más, Alejandro Esplá acudió a Algemesí a observar a sus compañeros-rivales. Pocas conclusiones positivas pudo sacar tras el festejo, salvo que para conectar con los tendidos hace falta demostrar más ambición de la que expresaron sus colegas de escalafón.
Podrán excusarse en la mansedumbre de los dos primeros ejemplares que saltaron al ruedo, tan agarrados al piso que bien podían pasar por esculturas pétreas. Pero no valen pretextos con los dos últimos, nobles y manejables.
Hubo un amago de espejismo durante la lidia del cuarto. Pablo Lechuga pareció entenderlo cuando acertó a provocar sus embestidas con autoridad para ligar con la mano baja las primeras tandas por el pitón derecho. Pero la faena pronto decayó toreando al natural y, sobre todo, en una parte final demasiado embarullada y destemplada.
Tampoco Luis Miguel Casares acertó a levantar la tarde frente al que cerraba festejo, que tan cierto es que se defendía echando la cara arriba como que al torero le faltó comprometerse y confiarse. Así, a su quehacer le faltó una estructura clara y resultó deslavazada.
La única oreja del festejo la consiguió el rejoneador Martín Burgos, que tuvo frente a sí un novillo al que le costaba arrancarse. Arriesgó el madrileño, que dejó llegar mucho el astado a las cabalgaduras, y sacó a relucir su parte más espectacular clavando banderillas largas y cortas al violín al quiebro, aunque a la faena le faltó estructura y rotundidad.
CARLOS BUENO.
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