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Cinco novillos de Salvador Domecq, el tercero para rejones, bien presentados y justos de raza. 1º y 2º los mejores.
Miguel Giménez: silencio tras aviso y dos orejas
José Arévalo: dos orejas y oreja
Manuel Lupi: oreja
Se disponía Miguel Giménez a entrar al quite en el segundo de la tarde, el novillo de su compañero José Arévalo, pero éste le advirtió que no lo hiciese, pues el animal sólo había entrado una vez al caballo y por lo tanto no tenía derecho a quitar. Miguel se metió en el burladero visiblemente molesto. Y es que Arévalo sí que había intervenido en quites en el novillo anterior, el de su compañero. Pero claro, es que había sido picado por dos veces. Y no sólo eso, es que además, en ese mismo ejemplar, hubo otro quite más de réplica. Es decir, que había pique entre ellos desde el principio.
La tensión subió al máximo cuando Miguel, en el segundo de su lote, se dirigió a José con paso firme y mirada desafiante. Pero lo que parecía que iba a ser zafarrancho de combate fue un brindis pacifista del que todo el mundo se alegró.
Fue la anécdota de un festejo marcado por la disposición de los toreros. En el marcador ganó Arévalo, un auténtico torbellino que se picó con su compañero, con sus novillos y hasta consigo mismo en tarde de piques. Moló. Fue a portagayola por dos veces, dio largas cambiadas, faroles y verónicas de rodillas, clavó cinco pares de banderillas a su primer antagonista y cuatro al segundo, y con la muleta se entregó a cien por cien a pesar de que los dos recortaron sus embestidas. Más autoritario en su primero, al que mató de fenomenal estocada, y más acelerado y gestual ante el que cerraba plaza, un animal de embestida muy descompuesta.
El triunfo de Miguel Jiménez se cimentó en la voluntad. No dejó de apretar el acelerador ante su segundo pese a que se quedaba muy corto en sus embestidas. Inició su labor sentado en una silla (que yo sepa el último en hacerlo en Algemesí fue Julián García en 1969), y la terminó desplantándose de rodillas. Perdió la posibilidad de cortar algún trofeo del que abría plaza por eternizarse con el estoque.
El portugués Manuel Lupi clavó muchos arpones, pero ninguno reunido, y si fue recompensado con una oreja fue por su contundente rejonazo de muerte.
CARLOS BUENO.
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