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Cinco novillos de Marcos Núñez, el tercero para rejones, de excelente presentación y juego salvo el complicado 4º.
Sergio Pulido (de grosella y oro): silencio y silencio tras 3 avisos
José Mª Arenas (de celeste y oro): oreja y dos orejas
Javier Cano: oreja
La tarde llevó el nombre de José María Arenas, el nombre de la disposición y de la entrega por encima de otras condiciones y requerimientos para ser torero. Lo suyo fue cuestión de actitud, de una actitud que denotó su voluntad inequívoca de vivir del toreo.
Ya echaba en falta ese talante de los novilleros de antes, que pretendían estar siempre por encima de sus antagonistas sea como fuere, aún arrollando la razón si era necesario. Quizá era otra época en la que el hambre -física o de gloria- potenciaba el carácter y los arrestos de los incipientes torerillos. “Estar en novillero” era una cualidad buena que suplía defectos y carencias.
Ayer volvimos a vivir esa actitud en la persona de Arenas. El albacetense estuvo variado de capote, fácil en banderillas y entregado con la muleta en dos faenas que pecaron de acortar demasiado pronto las distancias. Pecó de exceso, de exceso de ganas y de ímpetu; lo malo hubiese sido pecar de defecto, de falta de ambición. La estocada a su segundo fue de libro.
La cruz de la tarde la vivió Sergio Pulido, que escuchó los tres avisos del segundo de su lote, un novillo complicado con el que perdió los papeles sin saber qué hacer en ningún momento. Tampoco había estado muy decidido con el buen primero.
También el rejoneador Javier Cano se entregó desde el principio, pero se mostró muy acelerado e intermitente en su quehacer. Por cierto, ¡olé! por el excelente juego de los de Marcos Núñez (salvo el cuarto).
CARLOS BUENO.
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