Valencia, lleno Sabado, 17 de marzo de 2007
 

Toros de La Ramblas, desiguales de presentación y deslucidos excepto el 3º, de buen juego, y el manejable 5º.

Finito de Córdoba, de rojo y oro: pitos tras dos avisos y silencio.
El Fandi, de corinto y oro: silencio y oreja con petición de la segunda.
Eduardo Gallo, de verde botella y oro: silencio en ambos.


La entrega sin reservas suele tener premio. El Fandi vino a Valencia con la predisposición inequívoca de salir a hombros, y si no lo consiguió fue porque no acertó plenamente con el estoque y tuvo que descabellar. No escatimó esfuerzos en ningún tercio, y además todo le salió bien. No hace falta decir que sobresalió en banderillas, su especialidad, y sinceramente pienso que en esta ocasión llevó a cabo uno de los mejores segundos tercios que se le han visto en esta plaza. Es cierto que siempre ha brillado a gran altura, pero en esta ocasión clavó, al menos cuatro pares, cuadrando en la misma cara del toro y asomándose de verdad al balcón.

Luego, con la muleta, sólo le pudimos ver frente al quinto, el segundo se quedaba tan corto buscando el cuerpo del matador que tuvo que despacharlo con rapidez. Comenzó citando de rodillas desde el centro del ruedo a ese quinto, y pese a que el toro no duró demasiado, el granadino supo mantener el diapasón de su entrega, de sus ganas de triunfar a toda costa, de su conexión con los tendidos, incluso del valor, porque acabó metido entre los pitones sin inmutarse. El público llegó a pedir la segunda oreja después de media estocada y descabello. Era el premio a tanto tesón.

Causó buena impresión Eduardo Gallo, muy firme ante sus dos antagonistas. Corrió mejor la mano ante el tercero, al que consiguió ligar varias tandas estimables pisando siempre terrenos comprometidos, y quizá le hubiera ayudado más el último si le hubiese dado más distancia.

Finito tuvo que despachar al que abría festejo sin intentar faena, pues el público así lo pidió tras haberse partido un pitón al rematar en un burladero. Pasó un auténtico quinario utilizando los aceros. Tampoco se sintió a gusto con el deslucido tercero, al que sólo pudo esbozar algún natural aislado.

CARLOS BUENO



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