Valencia. Lleno de 'No Hay Billetes' Viernes, 16 de marzo de 2007
 

Toros de Núñez del Cuvillo (2º bis), bien presentados y de juego desigual. Buenos 1º, 3º y 6º, deslucidos 2º,4º y 5º.

Vicente Barrera, de rojo y oro: oreja y ovación tras aviso.
Morante de la Puebla, de turquesa y seda blanca: bronca y silencio.
Alejandro Talavante, de carmesí y oro: dos orejas tras aviso y ovación.


Talavante rompió teorías y dogmas. Con su toreo se cargó leyes como la que afirma que los cuerpos sólidos no se pueden fundir. Sí, después de lo visto en Valencia, dos cuerpos sólidos, un torero y un toro, pueden fusionarse en uno solo. Y si realmente no pueden fusionarse, al menos así lo hizo creer el torero extremeño que, tanto se arrimó, que hubo momentos en los que llegamos a dudar si hombre y animal no eran macizos sino líquidos o gaseosos. Fue abrirse de capote y saber que la tarde era para él.

Con esa disposición no podía fallar; con esa manera de pasarse a milímetros a los toros estaba cantado que Talavante no saldría a pie de la plaza. Hule o Puerta Grande, o por la puerta de la enfermería o a hombros. Afortunadamente todo acabó en triunfo, un éxito cimentado en el valor seco y sincero.

Es cierto que en su primera faena el astado le enganchó la muleta varias ocasiones, pero no menos cierto es que la emoción no decayó un momento desde las verónicas de recibo hasta las bernardinas finales, más ajustadas que un cinturón, pasando por las chicuelinas del quite, no menos ajustadas. En su segundo continuó con la misma tónica, y en varias ocasiones prefirió quedarse literalmente metido entre los pitones antes que rectificar la posición. Lástima que con este se demorase con los aceros.

Morante no se encontró a gusto con ninguno de sus deslucidos antagonistas. No se dio coba con su primero, y lo intentó sin resultados con el segundo. Luego provocó una fuerte división de opiniones en el último de la corrida cuando, consentido por Talavante, hizo un sedoso quite por chicuelinas, aunque parte del público no lo entendió.

Una oreja cortó Barrera por dos magníficas tandas de derechazos marca de la casa, quieto como un palo y ligando en un palmo de terreno, pero no pudo redondear frente a su segundo, demasiado justo de fuerzas para que su labor trascendiera.

CARLOS BUENO



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