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novillos de Javier Molina, bien presentados, nobles, parados, flojos y de escasa raza. Destacó el tercero, que mostró transmisión en sus embestidas.
-Juan Luis Rodríguez, de celeste y oro, saludos y silencio tras aviso.
-Diego Lleonart, de salmón y oro, que se presenta en esta plaza, silencio y silencio.
-Rafael Castellanos, de blanco y oro, que se presenta en esta plaza, saludos y silencio.
o fue probablemente lo mejor de su toreo, aunque posiblemente con mejor técnica del que le vimos realizar en su anterior comparecencia en esta plaza. De todas formas, la bondad del noble y soso primer novillo de Javier Molina se prestaba al reto. Y Juan Luis Rodríguez lo afrontó con claridad de ideas y con decisión, con un aprendido oficio que le hizo emplear la necesaria técnica para sacar tajada de unas embestidas nobles, pero de escasa transmisión. De ahí que los muletazos diestros se sucedieran lentos, hondos, e incluso algunos ligados y rematados, con el añadido de un atisbo de natural suave y de calidad. Cosa seria para espíritus sensibles, que por desgracia, hoy, estaban ausentes de la plaza. Un público de invitación y el habitual dominguero guiri no le prestaron demasiada atención a este buen torero que abría plaza. El resultado final fue poco emotivo, pero sí revelador de la personalidad del que quiere con su toreo alcanzar su objetivo. Y ahí, en ese detalle mínimo y ensimismado del pase por bajo y la trinchera, es donde Rodríguez busca su camino para llegar. Una estocada de efecto rápido le hizo saludar a una ovación con menos fuerza de lo esperado.
Y a medio camino se quedó con el cuarto, un novillote de embestidas descompuestas y con la casta bajo mínimos. El albaceteño, que volvió a mostrar su buen estilo con la capa, anduvo decidido con la muleta, muy auténtico en las formas, aunque le costara un mundo templar la acometida del novillo, a veces por la violencia en la embestida y otras por las molestias del viento. La espada se le atravesó esta vez y todo quedó en el silencio que sentencia lo hecho.
Ya le vimos su toreo en esta plaza el pasado julio en los festejos de promoción. Rafael Castellanos es un novillero de raza, de notables cualidades en sus formas, vibrante en su quehacer con la capa y con cierto aroma emocional cuando utiliza la muleta. La faena al encastado tercero, un novillo mansurrón en los primeros tercios de la lidia pero que tuvo su chispa durante el trasteo de muleta, fue realizada con demostrado valor y peculiar estilo, aunque le faltó coherencia debido a la discontinuidad de unos muletazos, excesivamente punteados, acelerados en exceso, quizá debido a la escasa técnica, pero sí expresivos en su contenido. Atemperó más su toreo en un escaso intento al natural con el que no llegó a puntuar alto. Manejó la espada con decisión y le ovacionaron con fuerza. Al sexto no hubo forma de hacerlo pasar por la muleta. Castellanos lo intentó de todas las formas posibles. El flojo, descastado y parado animal se fue para el desolladero sin que el debutante le diese un solo pase.
A Diego Lleonart se le paró demasiado pronto el segundo, un novillo falto de raza y de sosas embestidas. Este otro debutante de Castellón mostró su formas clásicas, quizás algo tensas, en una faena de correctos trazos, templados a veces, pero pocos emotivos. Empleó más la derecha que la izquierda, aunque con ningunas de las dos manos logró convencer con su toreo. Al complicado quinto le anduvo siempre para atrás con la capa, y con la muleta le fue imposible dibujar un pase limpio. El molesto cabeceo del utrero le restó posibilidades a una faena sin trascendencia y dispersa.
Y así, con novillos bien presentados -tónica general en estos festejos de abono- aunque faltos de casta, terminó el ciclo sin que los actuantes le dieran el necesario impulso a un escalafón sin demasiado interés en los que lo forman.
Manuel Viera. SevillaTaurina
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