|
Toros de Juan Pedro Domecq, justos de presencia y fuerza pero de buen juego. El cuarto fue indultado.
Enrique Ponce (de grana y oro), oreja y dos orejas simbólicas.
Manzanares (de malva y oro), ovación y dos orejas.
Eugenio Pérez (de espuma de mar y oro), vuelta al ruedo tras aviso y ovación con otro aviso.
Alrededor de media entrada.
Un Enrique Ponce absolutamente magistral, espléndido y majestuoso, creciendo -todavía- pese a su ya larga, extensa y brillante carrera, que sigue sorprendiendo en cada actuación, dio ayer otra vuelta de tuerca y, demostrando que su capacidad y talento parecen ser ilimitados, puso boca abajo la plaza de Alicante, indultando al cuarto toro de la tarde, un astado al que metió en el engaño con un par de muletazos y al que, sin egoísmo ni cicatería, dejó lucir, haciendo mejorar su comportamiento al llevarle con suavidad y sin violencia alguna, sin tirones y con una cadencia que incluso hizo que pareciese que hasta el propio toro disfrutaba. Tras una trasteo longuísimo -lo que a nadie importó-, al perfilarse para matar comenzaron a oirse voces pidiendo el indulto de “Comendador”, número 134, de 482 kilos de peso y de pelo colorado, una gracia que pese a unas iniciales e incomprensibles reticencias, se concedió desde el palco presidencial, culminando Ponce su inmensa labor llevando personalmente al toro hasta el mismísimo chiquero. Extraordinario.
Con su primero le molestó más el viento que el propio animal, al que una vez lastrada la muleta, toreó a placer.
La actuación del torero de Chiva anuló y borró todo lo demás, la imposibilidad de Manzanares de dar un muletazo a su inválido primero, la falta de reposo que tuvo con el mucho más impetuoso quinto o las ganas sin fruto de Eugenio Pérez.
Paco Delgado
Comentarios
Sin comentarios
|