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Toros de El Torero bien presentados y deslucidos en general, excepto el bravo 3º, de juego extraordinario. El 6º fue manso pero manejable. Dos tercios de entrada.
Serafín Marín, de verde manzana y oro: silencio y vuelta tras petición.
Serranito, de blanco y oro: ovación y ovación tras aviso.
Juan Ávila, de granate y oro: oreja y silencio tras dos avisos.
Casi una decepción. No llegó a serlo porque los aficionados nos solemos conformar con poco. En esta ocasión no sé si disfrutar de Eneldo fue poco. No, definitivamente no creo que fuese poco. Fue intenso eso sí, y quizá por ello el resultado final de la tarde quedó maquillado. Pero esperábamos más. Lo de Salvador Domecq está en buen momento y se presuponía que varios de sus toros acabarían rompiendo a embestir con clase. Pero una vez más el factor toro acabó descomponiendo todas las cábalas.
Tres toros estuvieron cortados por el mismo patrón, el de la falta de recorrido y de entrega, el de apagarse enseguida y quedarse parados como marmolillos. Uno, el primero, que sí que se movió, lo hizo con una embestida muy descompuesta, sin clase, sin emplearse e incluso acostándose por ambos pitones.
Sólo el lote de Juan Ávila ofreció posibilidades; al último, un manso que acabó dejándose pegar pases, le hubiese cortado una oreja de no demorarse con los aceros, y al tercero, el tal Eneldo al que me refería al inicio de la crónica, se la cortó tras una faena emotiva y entregada, en la que hubo emoción sobre todo toreando al natural. Muy decidido y entregado, el valenciano lo citó desde la larga distancia hasta en cuatro ocasiones, luciendo a un animal que reunió fijeza, prontitud, alegría en sus embestidas, recorrido, entrega y, sobre todo, transmisión. Una delicia.
Serafín Marín estuvo por encima del mencionado móvil primero, y acabó pegándose un arrimón ante el cuarto, al que atacó con firmeza en tablas para acabar robándole un puñado de naturales tras meterse literalmente entre los pitones.
El valor, las ganas, la decisión y hasta el buen momento que atraviesa Serranito fueron fehacientes. Recibió por chicuelinas en el centro del ruedo a su primero, y a portagayola a su segundo. Toreó magníficamente a la verónica, y con emoción por gaoneras. Pero el lucimiento con la franela era imposible. También acabó justificándose metido entre los pitones para dejar claro con su firmeza que éste quiere de verdad.
CARLOS BUENO
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