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Cinco toros de María José Barral, justos de presentación y de fuerzas, manejables aunque desrazados. Un sobrero (6º) de Martelilla, bien presentado y de buen juego. Lleno
Jesulín de Ubrique (sangre de toro y oro) oreja y silencio tras aviso.
El Cordobés (grosella y oro) silencio y oreja.
Rivera Ordóñez (azul rey y oro) vuelta al ruedo y silencio.
Se guardó un minuto de silencio por el fallecimiento del picador Antonio Ladrón de Guevara.
Ha sido la tarde que más silicona por metro cuadrado ha habido en la plaza de toros en lo que llevamos de feria, y no creo que se supere el record en lo que queda. Eso ni es bueno ni es malo, entiéndase simplemente como un dato que sirve para hacerse una idea de quién era parte de la gente que acudió al coso para disfrutar con lo que hiciesen los toreros mediáticos, incluso si se les ocurría torear.
Rivera Ordóñez se llevó ovaciones por caminar, Jesulín por mirar al tendido, y El Cordobés por dar cabezazos y saltos de la rana ante un toro que no podía moverse. Sólo por eso, cuatro cabezazos y tres ranazos, cortó una oreja a pesar de que la estocada fuese defectuosa.
Aunque estuvo mejor con su segundo, Jesulín se encontró con otra ?pelua? del primero a pesar de su incesante baile de piernas, curiosamente siempre echándolas hacia atrás a la hora del embroque, y pese a que la estocada también cayese trasera y desprendida.
Y Rivera Ordóñez desaprovechó al sobrero de Martelilla, el de más transmisión de la corrida, al que toreó lo más despegado posible sin intentar ligar los pases y sin coger la muleta con la zurda ni una sola vez.
Así cuento las cosas porque así las vi, incluso la silicona.
CARLOS BUENO
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