Castellón Domingo, 22 de marzo de 2009
 

Toros de Vegahermosa, justos de presencia y fuerza pero nobles. El quinto fue el único complicado.

Fco. Rivera Ordóñez (de pavo y oro), silencio y división de opiniones.
Miguel Angel Perera (de purísima y oro), dos orejas y dos orejas y rabo, en ambos casos con aviso.
Cayetano (de turquesa y oro), silencio y oreja.

De las cuadrilas han destacado Joselito Gutiérrez y Joselito Rus.

Más de tres cuartos de entrada.


Concluyó la feria de la Magdalena con otro espectáculo que dignifica la fiesta de los toros. Aunque sólo fuese con un toro.Y con un torero.
No se llenó la plaza para presenciar el octavo festejo del abono castellonense, pero sí el patio de cuadrillas, teniendo, incluso, dificultades los alguacilillos para abrir paso entre la nube de curiosos y fotógrafos que se arremolinaban junto a los toreros que salen en la tele y en las revistas caritativamente llamadas rosa. Comenzaba ganando el corazón.

Luego se lidió una corrida de Vegahermosa, justa de presentación y fuerza, muy cómoda de cabeza pero de una nobleza extraordinaria. Toros como de juguete -vistos desde el tendido, claro-, prontos, repetidores y sin un mal gesto. Pero también sin emoción.
Hasta que salió el quinto, mirón y engallado, que dejó inédito a Perera con el capote. Salió suelto del caballo y llegó al último tercio rebrincado y andarín. Perera le bajó mucho la mano en las series de apertura con la derecha sin que su oponente se diese por vencido, pendiente siempre del torero, obligando a su matador a desplegar toda su ciencia lidiadora -y a derrochar valor a espuertas- para doblegar y someter a un toro siempre con la cara alta, enterándose y sabiendo lo que dejaba detrás. Ello obligó a su matador a fajarse en una especie de pelea cuerpo a cuerpo, aguantando las violentas arrancadas de su oponente sin inmutarse ni dudarle hasta reducirle a base de raza y coraje, demostrando agallas y una enorme capacidad. Todo ello sumado, junto al formidable estoconazo con que despachó a la res, le valió un rabo y el reconocimiento y consideración unánime de la plaza. Ganó el corazón.
Con su primero, mucho más dócil, toreó con mucha lentitud y reposo, templando muchísimo y poniendo él la emoción que la faltó al de Vegahermosa, un toro que le vino pequeño a tan gran lidiador. Y no hablo aquí de talla física.

Fue la actuación de Perera, desde luego y con diferencia, lo mejor de la tarde.

Otra oreja se llevó Cayetano del toro que cerró plaza y feria. Un astado que derribó en el primer tercio aunque luego manseó. Parecía que también iba dar calor al tramo final de la función pero se terminó acabando pronto. Cayetano le ahormó por bajo antes de llevarle con temple y limpieza, las plantas asentadas, la cabeza clara y el pulso firme. Pero el toro se fue abajo y tuvo que tirar de tremendismo para no irse de vacío.
Antes, con el tercero, otro animal bonancible y pastueño, había estado un tanto mecánico y dejándose sorprender alguna que otra vez por el toro. No encontró sitio ni distancia para que hubiese sintonía entre las partes.

Tampoco su hermano Francisco sacó provecho de un material tan dulce. Banderilleó sin especial brillo a su primero antes de instrumentar una faena que comenzó por bajo -¿porqué, si el toro tenía la fuerza justa para seguir la muleta?- y que basó en circulares y toreo en redondo sin alcanzar relieve ni eco en el tendido, mientras que con el comodísimo cuarto busco ya de salida la complicidad del público, toreando muy despegado en un trasteo ejecutado con mucha velocidad y poco poso.
Definitivamente, al final ganó el corazón, el de un torero, Perera, que dejó claro que está en un momento sensacional y que el espectáculo taurino pide algo más que glamour y toros que se toreen solos.


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